El Setè Cel

JUEGOS Y JUGUETES - JOCS I JOGUINES

A ese niño sin nombre …

y también para todos los Hamed

que rondan por el mundo

 

 

 

Esquina de Estados Unidos y Bernardo de Irigoyen.

Una tarde cualquiera, no importa la fecha exacta ya que realmente podría ser cualquier tarde y todo sería igual.

Un niño trata infructuosamente de lavar los parabrisas de los coches que son detenidos irrebatiblemente por el semáforo.

Yo estaba en el bar de esa esquina y mientras revolvía lentamente, mi capuchino observaba detenidamente el accionar del chico.

 

Un secador viejo y gastado en su mano derecha, sobre la mojada vereda descansaba un balde plástico de color rojo sin manija colmado hasta más de la mitad de agua de dudosa tonalidad y en su mano izquierda lo que fue, en algún lejano día, un trapo de rejilla son sus elementos de trabajo… o deberían decir “los juguetes” que esgrime en sus pequeñas manos.

Era un juego sencillo, casi elemental.

Las reglas pueden ser consideradas básicas y cualquier niño las puede aprender, como de hecho ocurre en la realidad cada vez con mayor frecuencia, y  a juzgar por la  pericia y destreza del niño, y a  pesar de su corta edad,  era un avezado jugador,  casi se podría decir un profesional a sus escasos 10 o 12  años.

Si esto fuera ajedrez se diría que estamos ante la presencia de un precoz maestro, pero como solo se trata de la vida real, es nada más que un niño que trabaja en la calle de lo que puede para subsistir.

Solo eso, un niño.

Lo que pasaba en esa esquina en ese preciso momento, se me figura que tenía una grotesca similitud con los grandes salones de juegos electrónicos de los elegantes y luminosos shoppings que brotaron en la década de los 90, de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, en donde otros niños, de la misma edad, pero con más suerte, juegan despreocupadamente.

En especial con un juego que está de moda y que a lo mejor por mi marcada y destacada incapacidad para coordinar al unísono, pies, brazos, cadera y cabeza, en eso que el resto de la humanidad llama baile, me encanta mirar, tal vez hasta con un poco de envidia, por la destreza que muestran los chicos en su ejecución.

Ellos montados firmemente sobre unas plataformas altas, al ritmo de alguna canción de actualidad, van saltando y pisando, enormes botones ubicados en el piso del juego, mientras que en la pantalla del frente se les va mostrando los pasos que deben ir cumpliendo y se les indica mediante grandes avisos destellantes los puntos adquiridos o los errores cometidos.

 

Aquí era algo mas o menos parecido.

El jugador debe esperar pacientemente a que el semáforo se ponga en rojo y en ese preciso momento la máquina de la vida prende su contador de tiempo que empieza su alocada carrera hacia el cero absoluto.

Rápidamente mete el secador en el balde con agua, lo retira presuroso y mientras sus piernas delgadas, cubiertas por un desteñido y roto pantalón de gimnasia quizás dos talles más grandes, lo llevan entre los coches, va sacudiendo el agua excedente en el secador.

Conocedor del juego, con pasos cortos pero firmes esquiva a los colectivos, taxis y remises para buscar solo a los coches particulares.

Se acerca rápidamente al primer coche tratando de evitar el automático rechazo. El conductor acepta la invitación al juego y permite que limpie el parabrisas. El chiquillo gana puntos y unas monedas que rápidamente mete en el bolsillo del pantalón pero pierde una pequeña parte de su infancia.

Va por el segundo coche.

Es una camioneta y la altura del vehículo le impide siquiera acercarse.

Pierde tiempo, no gana ningún punto y no recibe monedas para su pantalón.

Vuelve a perder más infancia.

El turno del tercero.

No tiene suerte. No alcanza ni siquiera a levantar el secador. Desde adentro del coche agitan los brazos en señal negativa. Esta vez el niño no pierde tiempo, pero sí puntos, monedas y un poco más de infancia mientras el contador resta y resta tiempo que paradójicamente no cuenta la criatura en su haber.

Llega al cuarto coche,  y en el exacto momento que su mano toca el limpiaparabrisas, se baja la ventanilla izquierda y una mano delicadamente  femenina le alcanza unas monedas de escaso valor comercial, como si estuviera pagando de esa manera el peaje obligado en la autopista de la miseria y la pobreza. Sin esperar el ticket que burlonamente dá la vida en estos casos, la ventanilla vuelve a subirse aislando a su propietario de la vida. Esta vez el chiquillo gana tiempo, monedas y tiempo pero vuelve a perder más y más infancia.

¡Time Out ! ¡Time Out ! – grita y repite con voz casi sarcástica la vida escondida en algún rincón oscuro, al mismo tiempo que el semáforo se pone en amarillo

No tiene tiempo de más.

Otro coche avanza lentamente hacia él, tratando de llegar a la esquina para encontrar al mismo tiempo el semáforo en verde y evitar el encuentro con el jugador.

El niño no lo puede esperar.

El viento que corta  la Av. 9 de Julio, trae el grito de ¡ The End ! que recogió en quien sabe que triste y sucio cuarto en donde la pobreza y la marginalidad es majestad absoluta rodeada de su corte de aduladores y bufones llamados hambre, falta de educación y de asistencia social.

El semáforo en verde indica que debe volver rápidamente a la esquina, a su balde rojo. Meter a la carrera el secador en él y continuar hacia la bocacalle transversal,  para jugar con sus nuevos compañeros que fueron detenidos por el semáforo en rojo.

Repite esa secuencia una y otra vez.

En cada ciclo una parte, casi minúscula,  de su infancia se escurre de su vida con la misma parsimonia que el agua lo hace de su rojo balde rajado.

Cada cuatro o cinco secuencias descansa y aprovecha para contar sus pocas monedas.

Su paupérrimo y miserable tesoro a cambio de su preciada infancia.

¿A cuanto cotizará la hora de infancia perdida, en las bolsas de comercio mundiales?

¿A cuanto habrá abierto en el mercado mundial cotizando las horas perdidas de juego y escuela?

 

http://juanserrateo.blogspot.es/img/ninos_de_la_calle1.jpg

  

Rápidamente comprendí que la primera regla básica a tener en cuenta por los jugadores inexpertos es que nunca, pero nunca, se debe estar en la calle cuando el semáforo pasa del amarillo al verde. Presupongo por lo visto y expuesto que el color verde esperanza penaliza al jugador de alguna manera extraña. O quizás el verde o solamente la esperanza no sean palabras aceptadas en este juego.

La rutina continúa otra y otra vez.

Un juego extraño.

Nunca hay ganadores, solo perdedores, entre ellos la infancia arrancada a jirones y desperdigada a los cuatro vientos en las esquinas de cada gran ciudad.

 

Nota: Esta historia tiene dos epílogos posibles.

Elija Usted lector cual prefiere usar para terminar de leer estos borradores.

Paradójicamente los dos conducen invariable e indefectiblemente al mismo lugar

 

EPILOGO 1 :  Ese mismo día, Huguito,  un sol rubio e hijo de Rubén, un amigo que el viento me trajo, cumplía años.

Si las condiciones sociales en las que él se crió no hubieran sido las que tuvo, si no hubiera tenido las oportunidades que la vida le ofreció, quizás ese chico sin nombre podría llamarse Hugo.

O quizás podría haber sido alguno de mis hijos y llamarse Matías o María de los Ángeles

O tal vez, solo tal vez podría ser el suyo lector

Tal vez  ….

¿No le parece?

  

EPILOGO 2 :  Casi 6 meses después de escrita esta historia, un 3 de Febrero del 2005, en un matutino de la Capital Federal un artículo de Gustavo Sierra, me sorprende.

El artículo dice textualmente: “Hamed alarga la mano roñosa y esconde la cara por debajo del pañuelo. Recorre auto por auto de los que se amontonan en forma totalmente desordenada en la rotonda Ukba bin Nafie, en el centro de Bagdad. Pide “bakalish”, una propina. Lo hace escondido detrás de un vestido de su hermana, de color rosa con bordados en el pecho. Hamed tiene 12 años y se hace pasar por mujer para dar más lastima …Hamed es un chico refugiado de la guerra. Su familia perdió la casa que tenían en la ciudad de Hilla,  a unos 100 kilómetros de Bagdad … El padre murió 2 meses más tarde de las heridas que sufrió al caer una bomba estadounidense cerca del camión que manejaba. La madre con sus ocho hijos se fue a vivir a lo que eran los cuarteles de Fuerza Aérea iraqui …”

Cualquier similitud de esto con los cientos y cientos de chicos que deambulan por Buenos Aires por caricaturesca que parezca, no es una simple casualidad.

Desde el diario la cara sonriente e inocente de toda culpa de Hamed, tiene que ser una sonora cachetada a toda la sociedad.

Piense solo por un segundo lector….

Cualquiera de nosotros podría haber nacido en Bagdad

¿O no?

 

Juan Serrateó/ 2009

 

(Basada en una Historia publicada en el Libro Crònicas y Sueños de Juan Serrateó)

 

 

Jocs i joguines - (Juegos y juguetes)

         Letra y Música de Jona Manuel Serrat

 

 

¿Qué quieres decirme, asomándote a la altura de la silla,

ojos de azúcar, manitas de un cuarto de palmo,

que has descendido de tu castillo de juegos y juguetes

a nuestro mundo, lleno de manías y gente mayor?

 

¿Qué quieres hacerme saber, princesa de la alfombra?

¿A qué clase de dios pide justicia tu dedo levantado?

¿Con qué habrá tropezado tu piel de monja?

¿Qué alboroto el nuevo día nos tiene reservado?

 

Que has dejado juguetes y juegos esparcidos por el patio

y entre mis rodillas vienes a llorar.

Que una avispa, que una flor,

que cortejando te han herido, niña mía.

 

Sequémosle las lágrimas, pongámosle al dedo barro.

 

http://juanserrateo.blogspot.es/img/ninos_de_la_calle.jpg

  

 

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