El Setè Cel

UNA ESCALERA A LA NADA

   Dedicado a mi Amigo José Luis, porque ...

 

“ ...Mis amigos son unos malhechores,

convictos de atrapar sueños al vuelo,

que aplauden cuando el sol se trepa al cielo

y me abren su corazón como las flores ....

 

Las Malas Compañias

Joan Manuel Serrat

  

Esta historia comienza en las estepas polvorientas de una Sudáfrica hambrienta y empobrecida y lo llevará en un rápido viaje hasta la, cada día, mas solitaria y egoísta Ciudad Autónoma de Buenos Aires en Argentina.

Corría el año 1993.

Kevin Carter era un fotógrafo sudafricano que formaba, junto a un grupo muy reducido y selecto de colegas, el club de fotografía llamado Bang Bang Club.

Durante años se dedico a fotografiar, con la más alta profesionalidad,  las más crueles, crudas y feroces imágenes de las guerras civiles, las luchas étnicas, las matanzas fraticidas diarias y los mas ruines y despiadados actos capaces de ser pergeñados y consumados por las mentes enfermas de esas criaturas que se proclaman altaneramente, y sin ninguna razón válida, como los “Reyes de la Creación”.

Cada foto, cada instante congelado en el tiempo y plasmado en el papel fotográfico, era un nuevo peldaño que él ascendía en una escalera  etérea que prometía es su ascenso,  fama, gloria y poder.

A pesar de su alto empeño en la tareas y su profesionalidad, jamás logró que sus fotos valieron mas que un mísero puñado de dólares.

Ese año, aprovechando unas cortas vacaciones,  fue a fotografiar la hambruna en Sudán.
En el poblado de Ayod la vida, o tal vez pensándolo mejor, fue la muerte que agitaba su manto ajado, lo topó con lo persiguió durante años.

Ante sus ojos, que no podían creer lo que estaban viendo, tenía la posibilidad de ascender rápidamente esa escalera que día a día subía lentamente, con extrema y puntillosa profesionalidad.

Allí tomó la foto de una bebé moribunda que se arrastraba hacia el único sitio, ubicado a solo 200 metros, donde había comida, mientras en un cercano segundo plano la esperaba pacientemente un buitre casi tan grande como ella.

Al solo ver esa imagen él supo que tenía todo lo que necesita para alcanzar su meta tan ansiada meta.

El premio a sus esfuerzos estaba al alcance de sus manos.

Nada ni nadie podía evitar que terminara de subir por esa escalera y llegara a la cima de sus sueños.

El cuadro difícilmente podía ser más dantesco.

 

http://juanserrateo.blogspot.es/img/kevincarter.jpg 

 

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre.

El hombre blanco gatilla su cámara una, dos, tres... decenas de veces.

Cada presión de su dedo índice sobre el disparador de su cámara de fotos, es un nuevo escalón que ascendía por la escalera.

Cambio el rollo de su cámara. 

Siguió gatillando casi con desesperación, mientras que casi con la misma desesperación, avanzaba cada vez más y más alto por la escalera

Vario su posición de cuadro y como buen profesional que era, realizó todas las maniobras imaginables para sacar fotos durante prolongados y miserables 20 minutos.

No es que las primeras fotos no fueran buenas, es que con solo un poco de colaboración del ave carroñera, él se re-aseguraba el idealizado premio.

Entre el buitre y la niña, solo visible para algunos pocos mortales, estaba disimulado tras la miseria y la muerte el preciado premio Pulitzer.

El final de esa, casi eterna escalera, estaba ya al alcance de su vista.

Ya casi podía palparlo y saborearlo.

En un momento, desde lo más profundo de su mente una voz le recordó que la única condición para ganarlo era que él no podía intervenir en la foto.

No podía alterar esa realidad que plasmaba fotográficamente.

Estaba impedido de modificar la imagen para lograr otro efecto.

Alterar cualquier elemento o intervenir en la toma, hubiera significado su automática eliminación en la contienda por el soñado premio y el descenso hasta el pie de la escalera.  

 

Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas.

El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana.

¡Ésa sí que sería una foto para el premio!

El hombre esperó y esperó pacientemente, pero no pasó nada.

El buitre, se mantuvo tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas.

Pasados los 20 minutos, el hombre rendido, simplemente se fue.

Nada más.

 

Luego él explicaría a la prensa que para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional.

No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal.

La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión.

Carter y sus tres camaradas dormían poco, y pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido solo un instante a reflexionar sobre lo que hacían, o si se hubieran permitido escuchar las voces de sus conciencias, si tan solo hubiesen autorizado a que sus sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo y de trepar por esa escalera que misteriosamente conduce a la gloria y al mismo tiempo a la nada más absoluta.

El entorno era alocado, pero el trabajo era importante y ellos eran unos profesionales.

Su profesionalidad y su triste espera valió la pena.

Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando el premio Pulitzer, y con él llegaron también la fama, el dinero y la gloria tan buscada.

 

 Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

 

Con estas palabras, paradójicamente parado al tope de esa escalera que con tanto esfuerzo había subido,  este hombre    “ agradeció ” al jurado, tras recibir el Premio Pulitzer de fotografía en mayo de 1994.

Tan solo a catorce meses después de tomar la foto en Sudán.

 

Realmente él no había hecho nada malo.

Registró la realidad.

Nada más que eso.

Hizo su trabajo en forma cabal y profesional

Pero la verdad es que también podría haber hecho algo más... y no lo hizo.

Lo que no hizo fue hacer lo que la ética y su conciencia le exigía hacer.

Él lo podría haber hecho algo pero al hacerlo, eso hubiera invalidado la obtención del premio y por lo tanto no obtendría el éxito, la gloria, el dinero, y la fama que ese premio le traería.

Realmente en el ámbito profesional, nadie puede acusarlo de nada ni recriminarle por una tarea prolija y profesionalmente realizada.

Fue un buen profesional.

Un excelente profesional.

Y llego a la cima de su carrera profesional, al final de esa escalera.

 

Epílogo:

 

Rodeado de todo eso por lo que lucho durante años para conseguirlo, y a tan solo escasos tres meses de obtener el premio,  Kevin Carter condujo una tarde hasta su ciudad natal, y estacionó su flamante y lujosa camioneta cerca del río donde jugaba cuando era niño.

Enchufó una manguera al tubo de escape y la colocó dentro de su coche, y escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por el tubo de goma, logró la paz.

La anestesia final de la muerte.

Así termino su vida ese excelente profesional de solo 33 años... en la cima de esa escalera a la nada, rodeado de fama y poder

 

Aclaración Importante:

 

Sudáfrica no está en la antípoda de Argentina.

Pero José Luis si está en la antípoda de Kevin Carter.

Simplemente por eso tiene algo de sentido este humilde borrador con poca, casi nada,  pretensión literaria de historia.

Este borrador es porque detrás del profesional que es José Luis,  claramente emerge también el ser humano con la suficiente convicción para decir que “NO” cuando le piden “fotografiar” algo que considera injusto o que se contradice con su forma de pensar, y que le impide poder ayudar a la niña o espantar al buitre.

Tiene sentido porque en estos 10 años a su lado no solo he aprendido de él profesionalmente, sino porque también me ha demostrado, con hechos fehacientes y concretos hasta el último día en que trabajamos juntos, lo que es defender las convicciones personales y los principios éticos, que deben regir nuestra vida para si realmente pretendemos ser “seres humanos”.

Soy un convencido de que cada uno de nosotros, a su manera única y particular, deja una marca en las personas que nos rodea. Sería terrible si eso no pasara.

Si eso realmente ocurriera, simplemente transitaríamos por la vida como tristes fantasmas.

Por eso realmente a esta altura, no se bien si agradecerle todo lo que aprendí de él profesionalmente o agradecerle por recordarme cuando se debe o no subir a esa escalera a la nada.

La verdad es lo voy a extrañar.

Si.

Definitivamente lo voy a extrañar

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